Marilyn Monroe, All Over Press

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LA GUERRA Y EL BAÑADOR

Desde Speedo en la infancia hasta Chanel como adulta, Mattie Kahn ha completado el círculo, regresando al bañador de una sola pieza.

Llevé bañadores enteros durante muchos años antes de enterarme de que había una alternativa a esa pieza única de spándex. En esa época, nadie que yo conociera usaba bikinis. Mi padre los odiaba. La piscina tan seria donde tomaba clases de natación los había prohibido y mi madre prefería los maillots negros. 

Finalmente me topé con ellos en campamentos y en viajes a la playa. Pero para entonces había logrado cultivar un desdén casi rebelde por ellos. Me lanzaba de cabeza en la parte profunda de la piscina de 92nd Street Y, podía mantenerme a flote en vertical durante 12 minutos enteros. Podía nadar ocho piscinas y mantener el aliento durante al menos treinta segundos. No veía ninguna utilidad en los trajes de baño ornamentales. Los trajes que yo usaban cumplían una función. 

Pero luego fui a la fiesta de cumpleaños cuando Jules Davy cumplió doce. Jules tenía una vida de ensueño. Ella tenía un perrito llamado Harold y un arcoíris de suéters de Juicy Couture. Su edificio de apartamentos tenía su propia piscina en el sótano, algo que la mayoría de los chicos de sexto curso que yo conocía considerábamos un lujo fabuloso. Tenía que estar lo más guapa posible para su fiesta. Tras mucho deliberar y (lo confieso) algunas lágrimas, me decidí por un bañador de color rojo brillante. Me pareció patriótico y digno. Parecía tener el éxito asegurado.  

Por supuesto que tomé conciencia de las profundidades de mi ignorancia tan pronto como llegué. Todas y cada una de las niñas presentes habían elegido un bonito bikini, mientras que yo había optado por ir vestida como una Jolly Rancher. 

Kate Rachman me echó un vistazo y se echó a reír. "Ay Dios mío", exclamó. "Por favor dime que eso no es un Speedo". Me puse roja como un tomate e intenté contestarle. Pero antes de lograr afrontarla de forma ingeniosa, Kate se había marchado en dirección a la piscina caliente. Me pasé el resto de la fiesta enfurruñada en silencio. No me iban a derrotar. Sabía exáctamente lo que debía hacer. 

Cuando llegué a casa le dije a mis padres que mi posición social y mi estabilidad mental dependían de la adquisición de un bañador de dos piezas. Su resistencia inicial fue inútil. Yo tenía una misión. 

Semanas más tarde, experimenté ese rito de iniciación por primera vez, con el cual toda mujer está familiarizada: me fui de compras a buscar un bañador y odié cada segundo de la experiencia. Después de algunas pruebas y muchos, muchos errores, finalmente me decidí por uno. En realidad era más bien un tankini, y lo elegí para aplacar a mi padre, que consideraba que sus hijas deberían verse obligadas a mostrar un documento de identidad en vigor para poder comprar un bikini. Era color verde lima y estampado. El top se ataba al cuello y me cubría la mayor parte de la caja torácica. La parte inferior era simplemente perfecta. Me pareció precioso.
"Se llama Ricitos de Oro", declaré. 

Al verano siguiente me gradué al mundo de los bikinis de verdad y decidí abandonar la silueta de natacion de mi juventud. Pero la industria de la moda estaría menos determinada. En los años que han pasado desde que los abandoné, los bañadores de una sola pieza se han vuelto algo cada vez más innegablemente chic.
Primero Paris Hilton lució maillots de crochet. Fue fácil ignorarlos. Pero luego Chanel debutó con sus piezas de escote alto por detrás y Eres popularizó los escotes pronunciados por delante y Pucci diseñó bañadores con patrones envidiables. 

"¡Pero si estoy en los mejores años de mi vida!" pensé horrorizada. Decidí que los bañadores de una pieza eran sencillos y cómodos y se parecían mucho a los aparatos ortopédicos: solo los usabas si no te quedaba más remedio. 

Pero este verano, una vendedora insistente en una pequeña tienda de ropa de baño no aceptó mi amable negativa como respuesta. Me tomó la talla y me entregó una docena de bikinis y un solitario bañador de una pieza en color negro con volantes, que contemplé con escepticismo.
"Tan solo pruébeselo", me pidió.
Me puse los de dos piezas primero y fingí ignorar el estilo más modesto.
"¡Tan solo pruébeselo!", insistió.
Lo hice para complacerla, pero debo admitir que se ganó esa mirada de satisfacción que me echó después. Me quedaba perfecto y se veía desenfadado. Tenía un escote pronunciado a la espalda y abrazaba cada una de las curvas de mi 1,55 de estatura. Estuve como un segundo preguntándome si Kate Rachman se pondría algo así, antes de darme cuenta de que poco me importaba. 

Solo me había llevado algo así como una década. Pero finalmente estaba con un bañador entero de nuevo. 

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